“Hijo, llévame contigo…” Narración ante la pérdida de un hijo. NRS

 

Era el 10 de diciembre de 1975, mes del nacimiento del Hijo de Dios. Ya el ambiente navideño se sentía en las publicidades, en las calles, en la gente. Por nuestra parte constituía un hecho muy natural y ordinario porque nunca antes lo habíamos vivido y experimentado bajo este ambiente de ruido desfinalizado o sin sentido. En las escuelas de la serranía recuerdo las largas excursiones que hacíamos para encontrar “tuyos”, una especie de lana natural que se encontraba en las copas de los árboles de los bosques y que nos servía para construir el pesebre del Niño Jesús. 

Mi hermano Javier, como era ya de ordinario, salió aquella mañana en compañía de mi hermano Américo para ir al trabajo. Era aproximadamente las 5:30 a.m y, como de costumbre le dio a mamá un beso de los buenos días y un abrazo a mí. Sin embargo, a diferencia de otros días, algo nuevo hizo mi hermano aquella mañana: nos recomendó a mamá y a mí que tuviéramos muchísimo cuidado al cruzar las calles, que mirásemos a ambos lados antes de hacerlo. 

He soñado horrible con mucha sangre nos dijo. Salieron mis hermanos rumbo al trabajo, Américo se trasladaba con su patrón y Javier, el hermano mayor de todos, lo hacía llevando mercadería en el triciclo. Aquella mañana tenía que quedarse en casa del patrón, para tostar y preparar café molido. 

Para cumplir con este objetivo debía antes, comprar el combustible respectivo en un grifo cercano; mi hermano, así lo imagino, salía en su triciclo colocando sus latas para transportar kerosene, atravesó parte de la Carretera Panamericana Sur, hasta llegar al grifo, ubicado cerca de un “tanque de elevación” que se encuentra entre el distrito de la Victoria y Diego Ferré del distrito de Chiclayo; llegado a este destino realizó la compra y de inmediato inició el retorno para cumplir con la tarea encomendada.

Eran aproximadamente las 7:30 de la mañana; mi inolvidable hermano cumpliendo con su deber, había avanzado aproximadamente unas cinco cuadras llevando el cargamento. Pero desafortunadamente para nosotros, le llegó su hora, el minuto y el instante del tránsito al más allá; esa hora que nadie puede postergar ni escapar. Un camión de la Empresa “Concordia”, que dígase de paso nunca reconoció nada, salía rumbo a la repartición de gaseosas; golpeó a mi hermano y con su llanta trasera aplastó su cabeza, haciéndola perder y, dejando regado y disperso en la pista los sesos de mi amado hermano. 

Basta con que les diga que mi pobre hermano quedó como un polluelo que está siendo sacrificado, con la cabeza destrozada y su cuerpecito frágil, débil e indefenso yacía tendido en medio de la carretera. Su triciclo quedó destrozado y el camión también quedó abandonado a consecuencia de la fuga que el irresponsable chofer hizo de él. 

La gente asombrada ante tan desgarrador e inhumano hecho, apenada rodeaba al cadáver lamentando lo ocurrido. Imagínense la nefasta noticia cuando le llegó a mi madre: salió despavorida, sumergida en el dolor y llanto, con la esperanza y la ilusión de encontrarlo aún con vida, pero nada de eso ocurrió, pues mi amado hermano había ya muerto al instante que fue impactado.

Mi pobre madre se desmayó, se abrazó a su hijo, y con voz temblorosa, sus preguntas que la invadieron fueron: ¿Por qué Señor esta muerte tan violenta? ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué esta muerte tan cruel? ¿Por qué te llevas a mi hijo? Sus palabras que desde aquel día la acompañaron fueron: “Hijo, llévame contigo”, “llévame a tu lado”, “ya no quiero seguir viviendo en este mundo cruel”. Hoy entiendo que perdió el sentido.

Mi madre nunca pudo superar aquella irreparable pérdida, pues todos los días lloraba. Ahora la entiendo, pues era por la forma cómo murió mi hermano. Una muerte inmerecida para un joven bueno, un hijo de Dios lleno de perspectivas y en la flor de la vida.

¡Qué pena mi madre!, no había un día que no dejara de llorar la irreparable y cruel partida de mi hermano, por aquel pedacito de su vida –al cual vio crecer tan poco- que el Señor se lo había llevado.

Cada día, avanzada ya la tarde, y sin almorzar, mi madre se dirigía rumbo al lugar donde mi hermano había entregado su alma al Señor, y ahí se pasaba una hora más rezando y llorando la memoria de Javier. Se le habían quitado las ganas de comer, al parecer había perdido el sentido de su vida y la noción del tiempo.

Como es humano, exigía y buscaba explicaciones a estos hechos que aturden el corazón humano, pero sin encontrar respuesta satisfactoria; seguramente, sólo una madre que sufre y ha sufrido por algún hijo podrá comprender en parte el dolor, el sufrimiento de mi abnegada madre. Pasó todo el año 1976 bajo esta aflicción y de no ser porque supo mirar al Cielo y encontrar cierta explicación desde una perspectiva sobrenatural, mi madre hubiese terminado en la locura o en algo mucho más grave.

A fines de aquel año fatídico empezó con una dolencia en el estómago, lo poco que consumía lo vomitaba, empezó a adelgazar y si no hubiese sido por el tremendo peso que tenía de sacarnos adelante, para ella ni el dolor pudo ser obstáculo para seguir, pronto hubiera caído en cama. 

Cada día se daba valor para continuar los caminos de la tierra, sin embargo, el dolor se convertía en compañero mortal. Nunca pudo acudir a un médico ni a un hospital, sólo aprendió a ofrecer su dolor a Dios, que cada día iba en aumento. 

Pero como dice el dicho, “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, el 30 octubre del año siguiente, mi madre partió al encuentro con su hijo querido, a consecuencia de un cáncer de estómago fulminante.

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