Entrevista a Rosario F.
El entrevistador empezó
agradeciendo la presencia de la entrevistada y la disposición para conversar
sobre un tema sensible. Expresó su reconocimiento por el valor de narrar
experiencias dolorosas y dijo que, aunque no podían imaginar plenamente el
sufrimiento vivido, deseaban ayudar a otras personas hoy. Mencionó que, si bien
el hecho había sucedido hace veinticinco años, le pidió a Rosario que resumiera
su testimonio personal y la invitó a contar lo sucedido.
Rosario explicó que, en enero del
año 2000, su esposo viajó por comisión de servicios como guardaparque del
Santuario Nacional de Ampay, en Abancay. Debía internarse por el río Madre de
Dios para asistir a un taller: un desplazamiento que implicaba aproximadamente
dos días de navegación hasta el puesto de control. Ella ayudó a alistar sus
cosas, lo acompañó a la agencia y lo sentó en el autobús; al despedirse, él le
dijo "cuida bien a los hijos" y partió.
A los dos días, Rosario recibió una llamada informándole que el bote en el que viajaban se había partido en dos en el río Madre de Dios. Junto a su esposo, iban otros veintitrés guardaparques; todos cayeron al agua y dos personas quedaron desaparecidas: uno era su marido y el otro un guardaparque de la zona de Puerto Maldonado.
Inicialmente, Rosario
se negó a creerlo, recordando que su esposo sabía nadar y considerando que
meses antes había sufrido una fractura en el tarso y metatarso por la que había
estado enyesado y en recuperación. Sin embargo, después de una búsqueda, le
confirmaron que su esposo era uno de los desaparecidos.
La búsqueda continuó y, gracias a
la ayuda de pobladores y la presencia de personas que buscaban oro en el río
con peque peques, se rescataron varios sobrevivientes. En uno de los peque
peques vieron a una persona que alzaba la mano pidiendo auxilio, pero por la
lentitud de la embarcación no alcanzaron a llegar a tiempo; cuando lo
intentaron, la persona ya no estaba visible, y se sospechó que había salido por
otra orilla. Pese a los esfuerzos de la marina, del INRENA, de pobladores y
familiares, y aun con la oferta de una recompensa, no se logró encontrar el
cuerpo del esposo de Rosario.
En casa, con cuatro hijos de 15, 12, 11 y 9 años, la familia vivió una espera angustiosa: los niños se mantenían en vela, convencidos de que su padre regresaría en cualquier momento. Al escuchar ruidos en la puerta, corrían esperanzados creyendo que era él; en varias ocasiones, la llegada de un pariente fue confundida por los niños con la llegada de su padre, lo que generó reacciones emotivas y confusión.
Los padres
del hombre llegaron desde Pachaconas (distrito de Antabamba) y organizaron un
velatorio simbólico colocando su ropa sobre una mesa, lo cual molestó a los
niños que insistían en que su padre estaba vivo. Uno de los hijos,
especialmente afectado, llegó a expresar su descontento con Dios por llevarse a
su papá.
Rosario llevó a sus hijos al
psicólogo tras la recomendación de una psiquiatra, quien le explicó que el
proceso de aceptación podría tomar entre tres y cinco años. Rosario narró
detalles de su duelo cotidiano, como seguir poniendo un segundo cubierto en la
mesa por varios meses y despertarse esperando que su esposo regresara.
Ante la situación, los hermanos de
Rosario sugirieron que ella regresara a Lima o a Chiclayo para estar acompañada
y, tras gestionar su cambio, la familia se mudó a Chiclayo en marzo de 2000.
Con el paso del tiempo, las calificaciones y la conducta de los hijos se vieron
afectadas: sus resultados escolares bajaron y mostraron conductas de ausentismo
y retraimiento.
Aunque mejoraron las notas y el
comportamiento al volver a Abancay en 2001, la sensación de que el padre estaba
"perdido en la selva" persistió por años. Circularon además rumores y
versiones extrañas, por ejemplo, de que el esposo habría fingido su muerte por
deudas o que había cambiado de nombre; tales conjeturas alimentaron la
esperanza de los hijos durante algún tiempo, aunque finalmente se descartaron
tras confrontar a quienes las difundieron.
Rosario relató que, durante varios años, sus hijos expresaron distintas creencias sobre el paradero del padre —desde la idea de que estaba retenido por una tribu hasta la esperanza de un regreso inesperado—, y que el proceso de aceptación fue paulatino, con la persistente dificultad de no haber encontrado el cuerpo.
Comentó que en la zona
donde ocurrió el accidente se decía que la presencia de pirañas dificultaba la
recuperación de cuerpos y que, en temporadas de crecida, era habitual que no se
encontraran restos humanos; en ocasiones, cuando baja el nivel del río,
aparecen huesos. Un compañero que sobrevivió al accidente contó que, al
partirse el bote, un trozo del techo golpeó la cabeza de una persona, quien
quedó inconsciente y se perdió en el agua; este relato ayudó a Rosario a
convencerse de la versión del accidente.
Rosario recordó que ella y su
esposo solían realizar todas las actividades cotidianas juntos —hacer mercado,
comprar cosas para los hijos, asistir a reuniones escolares—, por lo que
adaptarse a la soledad de las tareas del hogar fue muy difícil. Expresó que
rezaba diariamente pidiendo fuerzas para continuar la crianza y educación de
sus hijos y para aceptar la pérdida. Debido a lo accidentado del traslado y la
distancia, no pudo realizar muchas ofrendas o viajes a Madre de Dios; la
institución ofreció en varias ocasiones cubrirle los pasajes para que pudiera
realizar una ofrenda, pero el recorrido resultaba muy largo.
El entrevistador consultó sobre la sensación de impotencia de no haber podido participar en la búsqueda. Rosario contó que el hijo mayor quiso participar en la búsqueda con uno de los familiares a sus 16 años, pero ella se negó por razones de seguridad (era temporada de lluvias y el desplazamiento era peligroso) y por no tener quién cuidara a los demás hijos.
Con respecto al tiempo transcurrido, Rosario
reconoció que, aunque después de veinticinco años es difícil esperar que su
esposo aparezca, durante varios años solía buscar su rostro en la calle, con la
sensación de que aún podría encontrarlo. Dijo que esa esperanza fue
disminuyendo gradualmente entre los tres y seis años posteriores al accidente,
aunque nunca desapareció por completo en los primeros años.
Cuando se le preguntó por el
recuerdo de la hija, Rosario indicó que Jovana, una de las hijas, es quien más
conserva la memoria del padre: cada seis de septiembre cuelga una foto de su
promoción infantil, le escribe y mantiene ese gesto como forma de recuerdo y
homenaje. Relató también detalles de la relación cotidiana entre el padre y las
hijas, incluyendo episodios de cariño y de distanciamiento cuando él llegaba en
estado de ebriedad.
Sobre las preguntas íntimas que el
suceso dejó en ella —por ejemplo, por qué ocurrió su pérdida o por qué a su
familia— Rosario señaló que aún tiene preguntas pendientes. Comentó que asumir
ambos papeles parentales fue muy difícil y consideró que el rol de padre no se
suple completamente; recordó además comentarios de una prima que, en vida, se
molestaba al ver a la pareja joven y la llamaba "tortolitos", y
mencionó que tales actitudes no afectaron la relación de pareja, aunque en el
duelo fueron parte de los recuerdos.
Respecto a la crianza, Rosario
agradeció el papel del hijo mayor, quien asumió en muchos momentos autoridad y
apoyo para sus hermanos, corrigiéndolos cuando fue necesario y ayudando a
mantener la disciplina. Narró una anécdota adolescente que ejemplifica cómo el
hijo mayor impuso reglas de vestimenta a sus hermanas y fue respetado, lo que
posteriormente les generó agradecimiento por su liderazgo.
Finalmente, el entrevistador
agradeció la narrativa de Rosario, resaltó que su testimonio honra la memoria
del hombre que la acompañó y sugirió que, aunque la pérdida deja preguntas sin
resolver, la espiritualidad y el recuerdo positivo pueden mantener su presencia
de otra manera. Rosario agradeció la consideración y la oportunidad de contar
su experiencia.
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